Cuentan los dignos de fe que hace mucho tiempo, en el antiguo imperio japonés, un guerrero samurai decidió dejar atrás la vida profana y abrir su alma a la trascendencia. Sin dudarlo, fue a ver a un maestro zen y le preguntó: ¿existen el cielo y el infierno? ¿dónde están las puertas que llevan a ellos?

Se trataba de un guerrero sencillo porque sólo conocía dos cosas: la vida y la muerte. "¿Y tú quién eres?", le preguntó el maestro. "Soy un samurai.Hasta el emperador me respeta", le respondió el guerrero. El maestro se río grotescamente y le contestó: "¿un samurai tú? ¡Si pareces un mendigo!". El guerrero, herido en su orgullo, olvidó para qué había buscado al sabio. Fuera de sí desenfundó su espada y justo cuando estaba apunto de decapitarlo, el anciano le dijo: "esta es la puerta del infierno. Esta espada, esta ira, este ego, te abren la puerta". Inmediatamente el samurai entendió y guardó su espada con rapidez. Fue sólo entonces cuando el maestro zen le retrucó: "aquí se abren las puertas del cielo".

Esta leyenda, que tiene 1.500 años, ilustra cabalmente la manera en la que se comportan las personas en sociedad. Según los budistas, todos los hombres tenemos luces y sombras en nuestro interior. Todos nos movemos al borde del abismo; pero es el camino que elegimos lo que verdaderamente nos define. En la sociedad sucede lo mismo. Como si fuera un espejo de la lucha entre ángeles y demonios que se libra en nuestro interior, el entorno que habitamos también muestra esta arcaica bipolaridad. De hecho, cada vez que ponemos un pie en la vereda podemos vislumbrar pequeños cielos y grandes infiernos. Está el cielo de aquellos que se desviven por ayudar a otros y el infierno de los niños que piden limosna en los semáforos. El cielo de los maestros que no sólo transmiten conocimientos, sino también dignidad, y el infierno de los políticos que ya se han olvidado que fueron elegidos para servir al pueblo y no para servirse de él. El cielo de los que trabajan sin descanso para labrarse un futuro, y el infierno de los que no tienen dónde caerse muertos. Cielo e infierno conviven a diario en nuestras calles. Pero, en rigor, sólo son proyecciones de nuestro espíritu. La violencia (ayer se difundió un escandaloso video de un concejal misionero golpeando a un periodista), los robos (registrados a diario por las cámaras callejeras de Tucumán), las estafas, la falta de ética (que abunda entre los funcionarios), la ausencia de valores (emblema de las nuevas generaciones) y las transgresiones (moneda corriente de la ciudad) no existirían si no fueran producidas por gente pensante. La mente es el cielo y también es el infierno, porque tiene la capacidad de convertirse en cualquiera de ellos. Sin embargo, cada uno de nosotros seguimos pensando que el cielo y el infierno existen en alguna parte, casi a la manera en que los describe Dante Alighieri: fuera de nosotros mismos. Los orientales, en cambio, aseguran que el cielo y el infierno no están al final de la vida: están aquí y ahora. A cada momento las puertas se abren y en un segundo se puede ir de un estado al otro. Depende de cada uno.

Por eso, tal vez sea más efectivo dejar de quejarnos de las dolorosas turbulencias de nuestra provincia y hagamos algo para transformar nuestros infiernos en pequeños cielos. Porque de esa manera, dicen los virtuosos, se podrá transformar la sociedad entera. "Todo lo que somos surge de nuestros pensamientos. Y nuestros pensamientos construyen el mundo", sostiene Lao Tse. ¿Tendrá razón el sabio oriental? Vale la pena probar. Porque hasta ahora, confiar en la política, en la ciencia o en la tecnología no ha contribuido demasiado a mejorar nuestra sociedad. ¿Estará la clave en nosotros mismos? Arriesguémonos y digamos que sí. No tenemos mucho más para perder.